December 03, 2010

Andy Clark. Supersizing the Mind: Embodiment, Action and Cognitive Extension. Oxford; Nueva York: Oxford University Press, Inc., 2008, 320pp.i





















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El avance de los estudios de neuroimagen ha mostrado y confirmado, hasta cierto punto, el rol que juega el cerebro y la actividad neuronal en diversos actos u operaciones normalmente considerados bajo el rótulo de cognitivos. En Supersizing the Mind: Embodiment, Action and Cognitive Extension (2008), Clark recapitula una defensa de la hipótesis de la cognición y la mente a partir de la cual lo anterior no debiera considerarse como única evidencia relevante para sostener que la maquinaria neuronal y la cognitiva (sea lo que sea esto último) están igualmente confinadas dentro los límites de la caja craneana. Con esto se hace alusión a dos aspectos importantes de la defensa en cuestión. Por un lado, la relevancia que se le otorga a la interpretación selectiva de cierta evidencia experimental para fundamentar determinadas hipótesis de lo mental. Por otro lado, la reacción radical a la postura individualista abrazada por la Ciencia Cognitiva clásica o de primera generación, según la cual una mente, en tanto locus de la inteligencia, debiera ser entendida como un arreglo material en el que los estados psicológicos de un individuo están en algún tipo de relación de determinación causal circunscrita al cerebro.

Con relación a la extensión extracraneal del procesamiento cognitivo propiamente tal, Clark insiste en la misma estrategia de defensa desplegada a lo largo de la última década. Esta estrategia le ha reportado relativa inmunidad sobre la base de un principio laxo y, por lo mismo, también le ha otorgado cierta flexibilidad argumentativa frente a la crítica filosófica más tradicional o menos experimentalmente apoyada. El principio en cuestión es el de paridad [Parity Principle], según el cual “si, confrontados a una tarea, una parte del mundo funciona como un proceso que, de ocurrir en la cabeza, no dudaríamos en aceptar como parte del proceso cognitivo, entonces esa parte del mundo es (para dicha ocasión) parte del proceso cognitivo” (p. 77, y originalmente en Clark y Chalmers 1998, p. 8. El énfasis de esta cita, y todas las traducciones de esta reseña son de mi responsabilidad).

El nuevo libro de Clark está conformado por tres capítulos y un apéndice, además de un prólogo escrito por David Chalmers, con quien Clark compartió la autoría del artículo “The Extended Mind” (1998), originalmente publicado en Analysis. Este es precisamente el artículo que constituye el apéndice del libro que reseño, y el cual marca el punto de partida de las subsecuentes polémicas que motivan y alimentan esta nueva publicación. Desde el inicio del libro, quedan claros tanto su objetivo general como alguno de los problemas o desafíos más serios que la Hipótesis de la Mente Extendida (HME) ha debido enfrentar, y que aquí prometen ser tratados de manera actualizada y fortalecida. El objetivo general del nuevo trabajo de Clark es doble y consiste en preguntarse -y por lo tanto intentar responder- cuándo y dónde una perspectiva extendida de la mente es la indicada, y de qué manera esta perspectiva permite agregar una nueva y (supuestamente) más completa unidad de análisis a las ya reconocidas del cerebro y el organismo corporalizado. Si la HME es correcta, esta nueva unidad de análisis es la conformada por complejos ensamblajes híbridos y oportunistas que incorporan elementos del ambiente, de modo que la reconfiguración de los aspectos físicos relevantes a una tarea cognitiva determinada, también corresponde a la reconfiguración de nuestras capacidades de pensamiento y razón. Con relación a los desafíos ya clásicos de la HME, los más centrales están ya anticipados, aunque con soslayo, por el propio Chalmers en el prólogo, y se resumen en tres: primero, la preocupación respecto de las diferencias básicas de procesamiento entre los denominados procesos cognitivos internos y externos. Segundo, la amenaza de que la mente, entendida según la HME, se extienda muy lejos en el mundo. Tercero, la amenaza de que en una visión extendida de lo mental se pierda el rol central que juega el cerebro.

El foco de cada uno de los tres capítulos principales del libro se resume de la siguiente manera. En el capítulo I, se abordan exploraciones empíricas actualizadas como trasfondo para la presentación de una perspectiva extendida. Esta evidencia experimental se organiza, por un lado, con relación al funcionamiento activo del cuerpo y, por otro, a la participación del ambiente local, donde se incluye el rol de los denominados “símbolos materiales” (i.e. las palabras escritas en papel o los sonidos del habla en el aire) del lenguaje como andamio o súper nicho cognitivo. El capítulo II aborda el tipo de desafíos ya mencionados, sobre la base de: (a) los debates en torno a la intracranealidad /extranealidad de la mente; (b) los debates en torno al denominado “hipo cognitivo” (HEMC, HEC, HEMC …), en alusión a las siglas de las Hypothesis of Extended Cognition (HEC) y Hypothesis of Embedded Cognition (HEMC), respectivamente, y a cómo el optar por la alternativa más conservadora –en los casos relevantes- obscurece lo que puede ser de mayor interés científico y filosófico; y, finalmente, (c) una serie de estudios de casos y ejemplos para presentar argumentos actualizados en torno las preocupaciones señaladas. El capítulo III, por su parte, aborda ciertas limitaciones de la HME, tratando de establecer las condiciones sobre las cuales esta perspectiva puede calzar en el contexto de las ciencias de la mente. Así, lo que se puede apreciar en el nuevo libro de Clark, desde cierta distancia, es una síntesis actualizada de las respuestas que, con algún éxito -si por esto se atiende a la inquietud que su visión ha provocado en los círculos relevantes-, el principal exponente de la HME ha ido generando para hacer frente al juicio crítico de sus contradictores. Desde cierta distancia, digo, porque el panorama no está libre complicaciones cuando se aborda en detalle.

Una idea básica cruza todo el primer capítulo del libro. Según ésta, agentes inteligentes como nosotros son el resultado coevolutivo de una interacción compleja entre morfología y control. En este caso, por morfología se hace alusión a la de nuestros cuerpos y la del entorno en el que se incrusta la acción del cuerpo. Por control, a su vez, se debe entender, no una sofisticada micro-planificación de los detalles asociados a una respuesta o acción deseada de antemano, sino un tipo de procesamiento en el que una “dinámica pasiva” autorregula la interacción agente-ambiente. En los círculos pertinentes donde interactúan cientistas cognitivos y filósofos experimentales que comparten esta visión de la mente, dicho tipo de procesamiento se enmarca en lo que se ha denominado “control ecológico” [ecological control]. Una dinámica pasiva consiste en el tipo de acción realizada por el agente que resulta ser causada - según esta visión - por la cinemática inherente al dispositivo físico, cuando éste interactúa en (o más bien dicho junto con) un entorno físico determinado. En este caso, es necesario considerar que dicha interacción se entiende a partir de una distribución de la carga de trabajo entre un dispositivo o agente determinado y su ambiente de trabajo. Así es como se completa el planteamiento de que la solución de un problema determinado “distribuye” la responsabilidad de una respuesta adaptiva eficiente entre el agente y su entorno.

La distribución aludida tiene un sentido real para Clark y los “amigos de la mente extendida”, y le servirá para fundamentar su perspectiva extendida de la cognición. La idea básica que el filósofo experimental quiere asentar es la de que un determinado cuerpo, cuando está equipado con el tipo apropiado de dinámica pasiva, puede co-evolucionar con su entorno de una manera profundamente transformadora, en el entendido que la distribución mencionada de la carga de trabajo -al momento de la solución de problemas determinados- debiera ser mejor concebida como la incorporación literal a la agencia cognitiva de los recursos participantes. Este calce evolutivo que - en un nivel longitudinal (o diacrónico) - el agente biológico exhibe “en estado salvaje”[1], tendría su parangón e implementación básica – en un nivel horizontal (o sincrónico) - en cierto tipo de robots, cuyo funcionamiento y aprendizaje parece estar exclusivamente regulado por la dinámica pasiva mencionada.

Para ilustrar una serie de principios reguladores de la co-evolución señalada, en este primer capítulo se proporciona una serie de exploraciones empíricas, que van desde los denominados robots caminantes en base a dinámica pasiva, pasando por el rol de los símbolos materiales del lenguaje, entendido como un andamio utilizado para crear nichos cognitivos, hasta el caso más “auto-transformador” de los ingenieros epistémicos. Según Clark (2008), “una de las grandes lecciones de la robótica contemporánea es que la co-evolución de la morfología y el control proporcionan una verdadera oportunidad de oro para extender la carga de solución de problema entre el cerebro, el cuerpo y el mundo” (p. 8).

Esta visión se complementa tanto con la noción de interacción habitada que Dourish (2001) acuña para oponerla a la idea de control desconectado (más propia de una arquitectura simbólico-computacional de la cognición), como con los trabajos experimentales sobre percepción activa (active sensing), para así dar soporte al siguiente tipo de principios reguladores del control ecológico comentado:

  1. Derrame causal no trivial (nontrivial causal spread): Este principio se manifiesta cuando, para lograr algo, la explotación de factores y fuerzas supera los límites de lo que se habría esperado de un sistema bien demarcado.
  1. Principio de ensamblaje ecológico (PEA): Según este principio, el astuto agente cognitivo tiende a reclutar, en el acto, cualquier combinación de recursos solucionadores de problema que permitan un resultado aceptable con un mínimo de esfuerzo.

Este último principio resulta central a la hora de intentar clarificar en detalle la manera en que algún determinado tipo de procesamiento se derrama en distintos niveles de análisis. Dicho “derrame” está normalmente vinculado a las hipótesis acerca posibles nuevas teorías empíricas de la cognición, alternativas al paradigma computacional/representacional clásico, y que han surgido sobre la base de una interpretación liberalizada de de cierta evidencia confiable disponible. Lo que sigue a esto es la integración de diversos niveles metodológicos que pareciera proporcionar la base para erigir la promesa de ensamblar fuentes de información de un orden muy heterogéneo. Si existe tal “esfuerzo total” (como dice Clark) capaz de llevar a cabo un proceso ensamblador que es indiferente a la naturaleza de la información, en el proceso de constitución de un agente extendido, es preciso lograr que dicha noción de esfuerzo total sea lo menos evasiva posible. Lo contrario, como me interesa enfatizar, pone en riesgo la promesa mencionada de poder explicitar alguna unidad de análisis unificadora de la denominada agencia extendida.

A estas alturas resulta clara la manera en que se va liberalizando, en base a principios derivados del de Paridad, el tipo de “pegamento” de los ensamblajes propuestos. En vez de optar por una precisa explicación causal que especifique la “hibridación” resultante del derrame causal no trivial, se opta por relajar nociones como la de computación. Un ejemplo de esto ocurre cuando se alude a investigaciones que intentan asimilar el movimiento ocular (sacádico) al tipo de procesos en el que un computador von Newman realiza cambios de referencia hacia algunas de sus distintas memorias. El rol computacional de los movimientos sacádicos espontáneos se haría manifiesto en la medida que, frente a una tarea experimental determinada, estos movimientos actúan como desplegando “estrategias de uso de memoria mínima” que complementan programas cerebrales ya creados para minimizar la cantidad de memoria de trabajo requerida. Esta complementación requiere aceptar la estrategia explicativa denominada Descomposición Funcional Distribuida, según la cual una referencia implícita (tales como el movimiento ocular o el uso de los dedos para sumar) constituye una codificación de tipo deíctica (o indexical) que permite explotar el uso de partes del mundo como dispositivos de almacenamiento externo. Aquí, como en la descomposición funcional de la IA clásica, no importa (el material o) la forma específica que toman los elementos que permiten la referencia implícita, sino más bien el rol (o función) de los elementos mecánicos constituyentes de un todo que desborda el límite de los elementos relevantes en un enfoque estrictamente internalista.

Este tipo de interpretaciones, asociadas a una diversa base experimental, le daría cierta plausibilidad a principios como el de ensamblaje ecológico (PEA) ya mencionado. Sin embargo, me atrevo a sostener que un ensamblaje así propuesto tiende a sobredimensionar el rol complementador en cuestión, lo que hace inevitable poner mayor atención al carácter mismo de dicha complementación, en el sentido de que en función a ella se pueda estar postulando un sustrato hibrido determinante de los procesos cognitivos. En otras palabras, el cuestionamiento puede tomar la forma del siguiente tipo de interrogantes: ¿Tiene esta complementación un carácter general en todo ensamblaje cognitivo extendido? Y si lo tiene, ¿es un carácter sólo metodológico y provisional, o puede también tener implicancias claras con respecto a la naturaleza de lo mental propiamente tal? ¿Cómo se diferencia, si es el caso, una complementación instrumental de otra incorporada a la agencia cognitiva?

El tipo de evidencia que Clark selecciona para fundamentar su posición le permite sostener una noción de “computación dinámica blanda”, sobre la cual busca reivindicar una apropiada contribución del cuerpo y el ambiente de trabajo. En la base de esta noción está nuevamente el supuesto de paridad. En este caso, la aplicación de este principio debe interpretarse como sigue. Si (como es ya práctica común de parte de ciertos cientistas cognitivos y filósofos experimentales) se considera aceptable combinar el uso de herramientas de sistemas dinámicos con las nociones de representación interna y de computación neuronal, entonces también se debe aceptar que es posible asignar roles de procesamiento de información al conjunto acoplado de elementos internos y externos. De aquí que la estrategia utilizada no pasa por explicar cómo ocurre el proceso causal específico en la negociación llevada a cabo por elementos portadores de información de distinta naturaleza. Más bien, se asume una serie de bucles o loops causales recíprocos sobre los cuales se llevaría a cabo el acople licenciado por el principio de paridad. Cabe señalar que no se desprecia por completo la necesidad de explicar estos loops causales en detalle, pero se admite cierta dificultad explicativa práctica, dado que la manera precisa en que ocurre la contribución distintiva que realizan las partes constituyentes sufriría una importante transformación en el tiempo (real), causada por influencias múltiples provenientes desde otros lugares del mismo sistema extendido. Dicha variabilidad atenta contra una explicación precisa de eventos sistémicos estables, y por lo tanto permanecería como una cuestión empírica por resolver.

No obstante lo anterior, hay un elemento que suele jugar un rol crucial entre las hipótesis provenientes de los enfoques situados y dinámicos de la cognición: el tiempo real en el que ocurren y se interrelacionarían procesos distintos. Así, si se asume, por ejemplo, que la arquitectura de control de un robot dado se nutre, en su aprendizaje, de la estimulación sensorial multimodal para construir modelos internos más o menos eficientes para la acción motora, sólo se estaría hablando de una complementación propia de la arquitectura clásica que caracteriza los procesos inteligentes como determinados por algún tipo de computación neuronal. A esta visión, Clark la denomina BRAINBOUND. Por otro lado, si se hace caso a ciertas interpretaciones experimentales según las cuales la formación de los patrones sensoriales multimodales de un robot está determinada por el tiempo real en el que ocurren y se interrelacionan cada flujo particular de información sensorio-motora, entonces se está hablando de una complementación auto-estructuradora de la arquitectura de control y la acción motora. Esto es lo que se considera un aprendizaje adaptativo en base a una auto-estructuración sensorio-motora, la que claramente podría ser caracterizada también como auto-modeladora.

Lo que Clark también parece presuponer, en virtud del “fuero” proporcionado por el principio de paridad, es que la noción de acoplamiento puede trasladarse automáticamente desde las investigaciones en sistemas dinámicos hacia la agencia extendida, precisamente en consideración a la centralidad que ocupa el tiempo real en la modelación del comportamiento continuo de variables parametrizadas que se determinan mutua y simultáneamente. El acople en cuestión permitiría desbordar el sustrato meramente interno de la cognición, pasando desde la visión de carácter situado explicitada en la expresión “the world is its own best model[2]” (Brooks, 1991) hacia otra en la que ciertos aspectos físicos del mundo pueden ser considerados como partes constituyente de la cognición. A esta visión, Clark la denomina EXTENDED.

En el ámbito de los enfoques alternativos de la cognición[3], una idea crecientemente compartida es que la conducta inteligente de agentes como nosotros está mayoritariamente determinada por procesos implícitos o subpersonales. Según lo que afirma Clark, es en este nivel donde se define la incorporación de recursos informacionales no biológicos, a partir de la cual se constituye un nuevo todo solucionador de problemas. Sin embargo, si se acepta la hipótesis de que los humanos son agentes cognitivos que solucionan problemas de manera fundamentalmente ecológica - ya que así lo habrían hecho la mayor parte de su historia evolutiva -, también habría que dar cuenta de lo que se ha denominado la cognición avanzada, en los mismo términos ecológicamente determinados. Según Clark, esto pasa por modificar el entendimiento que tenemos del lenguaje humano. La idea propuesta es la de un andamiaje cognitivo transformador de la mente que promueve el pensamiento y la razón. Tres aspectos de la visión del lenguaje como andamiaje cognitivo harían explícito este rol. Primero, las nuevas oportunidades computacionales que presentaría el hecho de etiquetar el mundo. Segundo, el desarrollo de una expertise imposible de lograr a menos que se cuente con la posibilidad de recordar (o disponer) de oraciones estructuradas. Tercero, el rol que las estructuras lingüísticas cumplen con respecto a nuestra habilidad para reflexionar acerca de nuestros propios pensamientos y controlar la forma y el contenido de nuestro propio pensar.

En la historia que cuenta Clark, las palabras cumplen más bien un rol complementario, y no totalmente replicador, de lo que el autor llama una cognición biológica básica (i.e. la determinada por el cerebro). Esta complementación es la que fundamenta su noción de representación híbrida, constituida, por una parte, por las unidades lingüísticas materiales (sonidos del habla y escritura) de los lenguajes naturales y, por otra, por los recursos representacionales internos (eg. neuralés o mentalés). La forma que toma dicha complementación es la de una dinámica de coordinación, en el sentido de que se estaría constituyendo una especie de fulcro tanto para la memoria como para el control y la atención selectiva, cumpliendo así el propósito de impactar, guiar y dar forma al pensamiento y al aprendizaje. Esta visión del lenguaje, como un elemento del mundo íntimamente integrado a la agencia cognitiva, potencia la idea de un núcleo biológico cuyo carácter distintivo es el de ser capaz de ensamblarse con lo que sea apropiado para guiar una acción adaptiva exitosa, contrastando con una visión del lenguaje en tanto expresión del pensamiento, según la cual la intencionalidad del primero deriva de la intencionalidad intrínseca del segundo.

Según lo que logro entender, el propósito detrás del planteamiento de que el lenguaje es una especie de artefacto capaz de afectar directamente los estados mentales -en la forma de un input artificial que manipula sistemáticamente la actividad neuronal- es el de defender una continuidad constitutiva entre, por un lado, un funcionamiento cerebral probablemente de tipo conexionista y, por otro, ciertos “apoyos externos” que guiarían y disciplinarían la estabilización de ciertas trayectorias confiables en el espacio representacional interno. Este proceso estabilizador de los símbolos materiales, según Clark, actuaría como constreñimiento regulador necesario para el pensamiento y el razonamiento superior. De aquí, se sigue el carácter ‘activo’ atribuido al externalismo radical planteado por este autor.

Uno de los riesgos de los planteamientos de Clark, que no ha pasado inadvertido para los críticos de la HME, es el carácter trivial que puede adquirir la concepción metodológicamente promiscua y oportunistamente extendida de la cognición. Si sólo algunas partes del mundo son incorporables a la agencia cognitiva, siempre y solamente cuando se es requerido que esta incorporación suceda[4], el cuestionamiento que correspondería hacer es cuáles de todas las posibles partes participantes son las que se incorporan exactamente, en qué medida o con qué alcance científico, y bajo qué condiciones de acoplamiento claramente identificables. Si, por otro lado, todas y cualquiera de las partes del mundo participantes en la solución de alguna tarea determinada, tienen iguales derechos y oportunidades causales, entonces gozaría de cierta plausibilidad la denominada falacia de acople-constitución que Adams et al. (2008) han planteado para oponerse a la HME, y para defender la idea de que aún no hay buenas razones para sostener que la cognición haya dejado de ser algo que se explica mejor en algún tipo de dependencia causal con el cerebro.

Por el contrario, lo que se insiste en defender en Supersizing the Mind es el planteamiento[5] de que la maquinaria física que realiza alguno de nuestros procesos cognitivos y estados mentales se extiende fuera de los límites del cerebro y el cuerpo. Esto es, por cierto, una afirmación más radical que la de considerar a los elementos extracraneales como simples apoyos de la cognición, y exige aceptar una distinción entre vehículos y contenidos, donde los primeros actúan no por sí solos sino en la totalidad del ensamblaje extendido, como el sustrato de los últimos. No se debe olvidar que dicho ensamblaje está resguardado no por la descripción específica de cómo tales y tales acoplamientos ocurren con respecto a tales y tales partes del mundo, sino por medio del principio de paridad. De esta manera, Clark logra plantear como un potencial caso plausible el hecho de que determinados “rastros físicos”, como las marcas que se hagan con un lápiz sobre el papel para después recordar alguna información específica, cumplan un rol en el control de la acción similar al de aquel otro tipo de rastros físicos propios de la memoria biológica. Si esto fuese correcto, asegura el autor, ambos tipos de rastros tienen igualdad de oportunidades como potenciales candidatos (en tanto vehículos que, en el momento concreto en que se realiza la tarea de recordar, desempeñan una misma función distintiva) para formar parte del sustrato físico o base de superveniencia de los estados mentales.

La “igualdad de oportunidades” entre procesos externos e internos que defiende Clark depende del carácter portador de “información” que pueden tener los vehículos externos e internos participantes en la solución de alguna tarea, generalmente adaptativa. Sin embargo, parece importante poner atención no sólo en dicho carácter, sino también a aquello que portan los vehículos potencialmente constitutivos del sustrato físico de la cognición. Esto puede hacer la diferencia entre un proceso genuino y uno de carácter replicador o, si se quiere, derivado. Según Clark, es posible atribuir un carácter representacional a los objetos externos tal como se podría llegar a hacer con una neurona sustituta de silicona. De esto no se sigue, sin embargo, que dicha neurona y algún artefacto externo esté representando algo de carácter no derivado. Así como tampoco parece obvio que la neurona sustituta, asumiendo que es capaz de sustituir cabalmente a la biológica como realizadora de alguna propiedad mental, sea portadora (o parte de los portadores) de un contenido derivado, por el sólo hecho de ser un sustituto artificial. El punto es que ser portador, biológico o no, de algún tipo de contenido representacional no parece ser garantía de que dicho contenido sea o no derivado. En este sentido, resulta contingentemente insuficiente sostener que hay maneras no convencionales ni derivativas de representación externalista que pueden considerarse cognitivamente genuinas por el sólo hecho de que sea posible modificar la naturaleza física del sustrato neuronal. Luego, ya que es precisamente el tipo de contenido lo importante, lo que me parece vislumbrar detrás de la defensa paritaria de Clark es el supuesto de que las propiedades mentales de nivel superior, o bien son completamente reducibles al sustrato físico “subpersonal”, o bien no juegan un rol causal cognitivamente relevante.

Lo anterior podría estar develando la existencia de un debate superficial que encubre una problemática más profunda que dice relación con el rol de las representaciones mentales en la explicación de la acción humana. Y mientras se posterga un tratamiento directo, probablemente porque la evidencia científica es aún irrelevante al respecto, se incurre en una falacia reduccionista más relacionada con los vehículos de la cognición que con la de acople-constitución. Dicha falacia podría caracterizarse de la siguiente manera: Si hay vehículos internos artificiales que pueden participar en la realizabilidad de un contenido representacional, el carácter de representación derivada o no derivada es a lo menos irrelevante para la explicación causal de la conducta.

Lo central de la última parte del libro que reseño aborda lo que probablemente resulta ser el aspecto más espinoso asociado a la posibilidad de una concepción extendida de la cognición: el lugar de la HME en el marco explicativo de las ciencias de la mente. La definición de este lugar pasa por resolver un cierto grado oscuridad científica que implicaría una unidad de análisis constituida por una combinación de constituyentes naturales y artificiales, tanto internos como externos. Según Clark, es experimentalmente justificable que un sistema complejo pueda ser unificado en torno a sub-regularidades subyacentes que no necesitan ser de un mismo tipo. La evidencia pertinente tendría que ver con ciertos hallazgos en los campos de la investigación de sistemas complejos, de la interacción humano-computador, y los distintos estudios sobre mecanismos de visión conscientes/inconcientes, automáticos y no automáticos, sujetos o no a interrupción, entre otros. Y la conclusión, sobre la base del principio de paridad, es que las diferencias entre los tipos de regularidades potencialmente identificables, con respecto a procesos causales entre elementos internos y externos, no son mayormente significativas que las diferencias que uno puede encontrar entre elementos meramente internos. Luego, aquello que hace complementarias a un grupo de regularidades internas y otro de regularidas externas no es su homogénea implementación (e.g. en la cabeza de Inga y en el cuaderno de Otto, según el artículo del apéndice), sino la manera en que la información total se ajusta [poise] para guiar la razón y la conducta. Esto es lo que el autor caracteriza como un funcionalismo extendido de sentido común.

Me parece justo considerar que lo anterior no parece una manera de zanjar la legítima inclusión de componentes externos a la agencia cognitiva, sino como una caracterización de lo que puede aceptarse como formando parte de un sistema genuino y, en este caso, complejo. El argumento de las leyes subyacentes como algo no exclusivamente psicológico se utiliza no para determinar si un sistema extendido es o no cognitivo, sino simplemente para determinar si algo puede ser aceptado o no como un sistema (heterogéneamente constituido) que puede ser legítimamente aceptado por algún marco explicativo. Alguien podría incluso sostener que considerar cognitivo a este tipo de sistemas equivale a una forma de hablar acerca de un tipo de sistema que atrae el interés de una cultura específica conformada, para el caso, por filósofos experimentales y cientistas cognitivos. El juego de lenguaje en cuestión se podría aclarar planteando que, hasta nuevo aviso, la unidad de análisis extendida de múltiples niveles aquí propuesta bien puede constituir un sistema complejo legítimo, pero que de eso no se sigue, al menos sobre la base de la eventual combinación de sub-regularidades causales subyacentes, que dicho sistema tenga el carácter de cognitivo. Si se busca fundamentar así la idea de una “similitud funcional suficiente” entre, por ejemplo, ciertos dispositivo de almacenamiento de información no convencional y un mecanismo biológico interno, será mejor buscar otros caminos para ese fin.

La optimista visión de Clark frente a los desafíos planteados es que sólo un entendimiento de la cognición como un sistema extendido puede dar lugar a lo que considera una progresión correcta hacia una ciencia madura de la mente. A su parecer, una progresión en ese sentido no es del todo incompatible con algún aspecto representacional-computacional de la mente, aunque sí con una explicación exclusivamente comprometida con los términos de dicho enfoque clásico. Es más bien una progresión que prometería evitar la tensión claramente irreconciliable entre la visión representacional clásica y otra radicalmente corporalizada, eso sí, en la medida que se acepte la “desparramada” combinación e interpretación de la evidencia científica que el libro de Clark presenta como un llamativo caleidoscopio experimental.

Finalmente, es correcto afirmar que la “evidencia confiable” recién aludida no es incontrovertible como soporte de la contribución cognitiva de elementos externos a un sistema funcionalmente extendido. Esto porque aún no se satisface uno de los principales requerimientos empíricos subyacentes al principio de paridad, a saber, que la contribución de elementos externos tenga una incidencia causal equivalente a la de aquellos elementos internos que participan en algún proceso cognitivo. Sin embargo, incluso si se asume la posibilidad de un rol funcional que no implique un comportamiento semejante entre elementos externos e internos, permanece la polémica relacionada al principio de paridad como test para determinar el estatus cognitivo de los elementos de un sistema extendido. Dicha polémica involucra no sólo la falacia de acople-constitución planteada por Adams y Aizawa (2008), sino también una especie de “esquizofrenia” de parte de aquellos que invocan el principio de paridad. Tal como lo expresa Di Paolo (2009), mientras, por un lado, los defensores de EXTENDED están comprometidos con la idea de que los límites de la caja craneana son irrelevantes para demarcar lo cognitivo, por otro lado, proponen un test que considera, precisamente, la similitud funcional con procesos que ocurren dentro de los límites de BRAINBOUND.

Bernardo Pino Rojas
Magíster en Estudios Cognitivos
Universidad de Chile
bpino@ug.uchile.cl


REFERENCIAS
Adams, F. and Aizawa, K . (2008). The Bounds of Cognition. Malden, MA; Oxford: Blackwell Publishing
Brooks, R. (1991). “Intelligence without representation.” Artificial Intelligence 47: 139-159
Clark, A. and D. Chalmers. (1998). “The extended mind.” Analysis 58, no 1: 7-19.
Hutchins, Edwin. (1995). Cognition in the Wild. Cambridge, MA: MIT Press.
Di Paolo E. (2009) “Extended life.” Topoi 28, no 1: 9-21
Dourish, P. (2001). Where the action is: The foundations of embodied interaction. Cambridge, MA: MIT Press
Vallejos, G. (2008). Conceptos y Ciencia Cognitiva. Bravo y Allende editores.



[1] Esto invoca la expresión del libro de Hutchins “Cognition in the Wild” (1995)
[2] El mundo es su propio mejor modelo, en una traducción literal.
[3] Enfoques corporalizados, situados, distribuidos, dinámicos, por nombrar algunos. (Ver apéndice II en Vallejos, 2008)
[4] Lo que implica no sólo una diversidad de niveles de análisis, sino que también confina la cognición a lo que ocurre exclusivamente en el presente.
[5] Planteamiento basado en las nociones de procesamiento eficiente, plasticidad organizacional, el rol que potencialmente pueden cumplir los símbolos materiales en una organización híbrida, y la supuesta relación entre andamiaje cognitivo y descomposición funcional distribuida.

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