March 03, 2016

On the Extended Mind and eliminativist Neuroscience





Los sabios han postulado diversas hipótesis empíricamente fundadas acerca cómo funciona la mente y cuál es su naturaleza. Este comentario se enfoca principalmente en dos. Una de tantas hipótesis es aquella según la cual nuestras mentes se extienden, literalmente, más allá de los límites de nuestra caja craneal. En este sentido, dada las circunstancias en las que nuestra interacción con los objetos del mundo puede estar “causalmente” vinculada (ej. cuando utilizamos un lápiz o alguna tecnología para anotar un número telefónico, o cuando los dedos de la mano nos facilitan una cálculo aritmético, etc.), los defensores de la Hipótesis de la Mente Extendida (HME) sostienen que es correcto considerar a esos objetos como legítimos constituyentes de nuestras mentes [1]. ¿Qué justifica tal aseveración? La respuesta a esta pregunta es de tipo contrafactual. Si aquellos objetos no estuvieran disponibles para solucionar una tarea determinada, nuestra capacidad cognitiva—juzgada por el éxito que tengamos en realizar la tarea en cuestión— se vería claramente afectada. En consideración a este razonamiento contrafactual, el estatus constitutivo de una mente atribuido a los aspectos del mundo causalmente involucrados de la interacción cerebro-cuerpo-ambiente sería una inferencia a la mejor explicación. Por ejemplo, los amigos de la Mente Extendida suelen aludir al caso extremo en qué una persona que esté incapacitada de almacenar nueva información en nuestra ‘memoria de corto plazo’ (como en el caso de Leonard en la película Memento) para ilustrar el rol crucial que parecen jugar los recursos externos en  el empleo de ciertas estrategias nemotécnicas ad hoc, ya sean que estos recursos actúen como almacén de información, o bien como estímulo para procesos de inferenciales relevantes (lo que hace una diferencia importante que aquí no atenderé).

Otra hipótesis influyente acerca de lo mental, y probablemente más familiar que la anterior, es aquella defendida por la neurociencia eliminativista [2]. Según una interpretación de esta hipótesis, nuestros estados mentales corresponden a estados neuronales y a nada más. El carácter eliminativista de esta hipótesis se manifiesta en un tipo de relación de identidad mente-cerebro. Básicamente, el razonamiento detrás de esta hipótesis es que una descripción correcta del funcionamiento de nuestros cerebros (en tanto motor computacional biológico) haría ontológicamente irrelevante la noción intuitiva que tenemos de mente, según la cual nuestra conducta inteligente está determinada por estados mentales implementados neuronalmente, pero no reducibles a estos últimos.

Una de las diferencias más notorias entre las dos hipótesis descritas tiene que ver con el límite de lo mental. La HME asume que la mente (aquel sistema de ensamblaje oportunista en el que nuestros cerebros actúan como un componente más) se extiende más allá de los límites de nuestro cráneo. La versión de la hipótesis de la neurociencia eliminativista anteriormente aludida asume lo contrario. Por supuesto, la visión de que el ámbito de lo mental se circunscribe a nuestras cabezas (sin “desparramarse” en el mundo) no es solamente defendida por la neurociencia. Sin embargo, Los amigos del desparrame mental suelen argumentar que sus razones para defender la HME representan un desafío para todo tipo de visiones individualistas (i.e. no externalistas respecto al ámbito de la mente). Estrictamente hablando, eso no es así. Para mostrar esto, consideremos uno de estos argumentos anti-individualistas a través de un ejemplo relativamente conocido.

Para los amigos de la HME, no hay diferencia significativa (salvo las más obvias) entre el rol que un artefacto (ej. un lápiz) pueda jugar en la realización de una tarea cognitiva particular (ej. recordar una dirección) y la que pueda jugar alguna posible población de neuronas que participe en la misma tarea. Asumiendo el caso particular en que tales elementos son (contingentemente) centrales para esa tarea, el éxito de la tarea estaría igualmente constreñido por cualquiera de ellos. Y, aún cuando haya un sustituto disponible para ellos, la destrucción de cualquiera de estos dos elementos (i.e. el artefacto o la población de neuronas), dado el supuesto rol constitutivo-causal que cumplen, corresponde a la destrucción de alguna parte de la mente. 

Si fuera así, sería razonable preguntarse acerca la justificación del supuesto de que nuestras mentes tienen partes. Y, junto con ellos, plantear otras preguntas derivadas de lo mismo, tales como ¿cuántas partes tiene una mente? O bien, si las mentes realmente tienen partes ¿cómo distinguimos unas de otras? Parece claro que este tipo de preguntas constituye un emplazamiento para ambas hipótesis (la externalista y la otra). Pero también es posible plantear cuestionamientos particulares dirigidos cada una de las hipótesis por separado. Por ejemplo, algún neurocientista eliminativista podría argumentar que los amigos de la HME confieren al cerebro biológico un rol demasiado trivial y, probablemente, susceptible de quedar obsoleto en alguna correcta descripción del fenómeno de la cognición animal. Por su parte, un defensor de la HME podría exigir que los defensores de alguna visión individualista clarifiquen algún principio que permita distinguir el carácter no artefactual de alguna parte del cerebro, especialmente considerando la proliferación de tecnologías de carácter penetrativo a las que algunos anti-individualistas suelen atribuir el estatus de “prótesis mentales”. [3]

Ambos tipos de emplazamientos son atingentes en el contexto de las hipótesis empíricas respectivas. Sin embargo, hay hipótesis acerca de la mente que, aún siendo individualistas, no son ni eliminativistas ni amigas de la HME. En este tercer grupo de hipótesis, el cerebro puede ser sustituido por (virtualmente) cualquier otro arreglo material que permita la implementación física de procesos mentales no neuronales (ej. procesos funcionales) que permite el cerebro, según sus defensores [4]. Alternativas de este último tipo permiten hacer explícito que el surgimiento de la HME plantea un desafío directo para cierto tipo particular de visiones individualistas, a saber, aquellas que sostienen un estricto reduccionismo mente-cerebro. Los cuestionamientos en una y otra dirección anteriormente señalados son los mismos que el individualista no eliminativista podría esgrimir conjuntamente en contra de ambas hipótesis.   



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