April 22, 2017

On predictive brains/minds




La primera parte de la historia que nos cuenta este paper es acerca de un motor biológico capaz de aprender a través de un proceso predictivo no supervisado que tiene como propósito minimizar discrepancias entre aquello que predice el motor y el input sensorial causado por las estructuras del mundo externo. Asumiendo que las denominadas “estructuras distales” producen perturbaciones en el sistema sensorial que, de alguna manera, portan información confiablemente acerca de aquellas estructuras, el autor muestra simpatía con la idea de que un proceso de aprendizaje predictivo basado en el ajuste progresivo de patrones de “energía bruta” registrados por transductores sensoriales puede ayudar a explicar la manera en la que cerebros como los nuestros aprenden acerca del mundo.

La segunda parte de la historia objeta un argumento que va desde los motores predictivos hacia la tesis según la cual la mente tiene límites intracraneales. Según este argumento, el motor predictivo señalado sería evidencia a favor de una concepción individualista de la mente (en contraste a una externalista), ya que, según cierto planteamiento, los procesos predictivos se limitarían, por un lado, a operar sobre la estimulación que ocurre en las superficies sensoriales, y por otro, estarían orientados a la búsqueda de la mejor hipótesis que explique los datos sensoriales. La objeción del autor se basa en el planteamiento de que, aún cuando todo lo anterior sea el caso, es posible relativizar la importancia de los procesos intracraneales de testeo de hipótesis basados meramente en la información fragmentaria de las señales sensoriales. La razón de esto tiene que ver con la incorporación de “elementos explicativos” adicionales que contribuirían a entender de otra manera el rol de cerebros predictivos. Uno de estos elementos adicionales (que ha jugado un rol instrumental el desarrollo de la denominada ciencia cognitiva corporalizada) corresponde a la ‘acción epistémica’. Bajo este rótulo se agrupa un supuesto tipo de acción por la cual tenderíamos a modificar aspectos de nuestro entorno físico con el fin de facilitar el procesamiento cognitivo interno. En la historia que comentamos, el rol de nuestras acciones epistémicas se complementa con los procesos predictivos internos, de un modo tal que la concepción inferencial-individualista de la mente se reduce a una concepción predictiva-externalista.

Más específicamente, lo que la historia en comento propone es reconsiderar las nociones tradicionales de testeo de hipótesis basado en procesos inferenciales internos (por los que, supuestamente, se alteran las hipótesis acerca del mundo), favoreciendo la idea de un testeo de hipótesis basado en la minimización del error predictivo a la que contribuirían tanto los procesos internos como los externos (por los que, supuestamente, se altera el mundo para ajustarlo a nuestras predicciones). 

 El resto de la historia no es difícil de “predecir”. Asumiendo que la noción de acción epistémica juega el rol explicativo que plantea el autor—desbordándose con ello la unidad de análisis tradicional en la teorización acerca de la naturaleza y el funcionamiento de la mente—, la historia concluye con una defensa de la mente extendida y la tesis de que la mente está literalmente constituida por circuitos oportunistas que incorporan el cerebro el cuerpo y el mundo—desbordándose con ello los límites de lo que, en esta ocasión, cabe en este posteo.


Lectura relevante

Clark, A. (2016). Busting out: Predictive brains, embodied minds, and the puzzle of the evidentiary veil. Noûs, 1-27
Hohwy, J. (2014). The self-evidencing brain. Nous, 1-27
.

June 22, 2016

Regarding Oscar and his Twin


Imagen: encontrada en un lugar de la red de cuyo nombre no puedo acordarme



Voy a comentar el siguiente problema sin detallar las referencias pertinentes con el propósito de poner énfasis en el problema. Bastará señalar un par de fuentes relevantes al final de este posteo.

Suponga la existencia de un planeta gemelo a la Tierra donde todo es igual la Tierra con excepción de aquello que los habitantes de ambos planetas llaman “agua”. En la Tierra (T), dicho término es utilizado para designar H2O y en la Tierra gemela (TG) el mismo término es utilizado para designar XYZ. Suponga, además, que es el año 1750, y que, por hipótesis, mientras en T habita una persona llamada Oscar (Os), en TG habita su gemelo Goscar (GOs). Para el caso, asumiremos que ambos gemelos son idénticos molécula a molécula—sin considerar que tal identidad resulta poco plausible debido al hecho de que las moléculas de H2O en el cuerpo de Os no pueden estar presentes en el cuerpo de su gemelo (mutatis mutandis, lo mismo aplica para el caso de las moléculas de XYZ y el cuerpo del gemelo de GOs).

Escenarios imaginados como el anterior permiten problematizar acerca de la naturaleza del contenido de nuestros estados mentales. Más específicamente, acerca de las causas que podrían ser determinantes de tal contenido. Dicho de otra manera, el propósito del escenario planteado es facilitar una discusión acerca de aquello que estaría involucrado en la explicación de esa propiedad que nuestros estados mentales ostentan de ser acerca de aquello que representan. Considere que, al plantear el problema de la naturaleza del contenido de nuestros estados mentales de esta manera, estoy asumiendo compromisos teóricos importantes con respecto a lo mental. Lo que asumo (además de cualquier otra cosa) es que tales estados mentales existen y que tienen, efectivamente, la propiedad de ser algún tipo de representaciones. Para el presente comentario, ese será un compromiso básico, pero no el único. También asumiré que nuestros estados mentales son estructuras representacionales constituidas, en último término, por entidades representacionales básicas comúnmente llamadas “conceptos”. Este compromiso adicional me permite reducir la cuestión del contenido de los estados mentales a la cuestión del contenido de los conceptos, y así resumir el problema que quiero plantear de la siguiente manera.

Los debates relacionados con la explicación de las propiedades semánticas de nuestros estados mentales abordan una variedad de problemas filosóficos y uno de ellos tiene que ver con el locus externo o interno que puedan tener las causas determinantes del contenido de nuestros conceptos. Para simplificar,  caracterizaremos la distinción entre visiones externalistas e internalistas así: según los primeros, la extensión de un concepto determina su contenido; según los segundos, el contenido de un concepto determina su extensión. Volviendo a nuestro escenario inicial, podemos ilustrar esto con respecto al contenido del concepto AGUA que Os y GOs utilizan cuando piensan acerca de lo que ese concepto supuestamente designa en T y en GT. Una pregunta que se puede plantear de partida es: “Cuando Os y GOs emiten juicios o piensan acerca de lo que cada uno de ellos llama ‘agua’, ¿están ambos realmente utilizando el mismo concepto AGUA?” Dependiendo de quien la responda, podemos esperar distintas respuestas para esta pregunta. Prima facie, un externalista con respecto al contenido podría decir que se trata de dos conceptos distintos porque aquello que hace que el concepto X sea el concepto que es, y no otro, se haya en el ambiente extra-mental y es distinto en cada caso. Por otro lado, un internalista con respecto al contenido podría decir que Os y GOs utilizan un mismo concepto cuyo contenido es determinado por cierta capacidad inferencial interna. Sin embargo, si las cosas fueran así de simples, encontrar trabajo como filósofo sería aún más difícil de lo que ya es.

De muestra, consideremos el siguiente puzle. Si los externalistas estuvieran en lo correcto,  alguien podría decir que es justificado inferir, a pesar de que el contenido de nuestros conceptos está determinado por causas externas al individuo, que Os y GOs son individuos intencionalmente idénticos. La premisa intermedia que sustentaría tal conclusión es la siguiente:

PREMISA INTERMEDIA: Si hay dos propiedades P1 y P2 en el entorno de una persona, de manera que la instanciación de cualquiera de ellas pudiera instanciar el concepto C en esa persona, y la persona no pudiese, bajo ninguna circunstancia, distinguir entre P1 y P2, entonces la extensión de C sería P1 o P2.

Aceptando esta premisa, se podría concluir que Os y GOs no difieren psicológicamente el uno del otro, ya que la única diferencia entre el entorno de cada cual es que en el primero hay H2O mientras que en el segundo hay XYZ, y como ni Os ni GOs pueden distinguir estas propiedades (nótese que la composición química del agua es, por hipótesis, desconocida en el 1750 de ambos planetas gemelos), el concepto de AGUA que ambos utilizan tendría el mismo contenido, a saber H2O o XYZ.

Sin embargo, la PREMISA INTERMEDIA parece fundarse en el supuesto de que el contenido de un concepto está realmente determinado por factores internos, a saber, una cierta capacidad discriminatoria con respecto a las propiedades externas que realmente están involucradas en la determinación del contenido conceptual. Si esto fuera así, entonces tendríamos que concluir, absurdamente, que la determinación externalista del contenido mental es probablemente verdadera siempre y cuando la determinación internalista del mismo contenido también lo sea. Esto equivale a sostener, para ser más explícito aún, que la razón por la cual la extensión de un concepto determina su contenido es que dicho contenido determina tal extensión—afirmación que traslada el problema hacia el uso ambiguo que, en este caso, ese hace del término ‘contenido’, en la medida que dicha ambigüedad tiene que ver con el locus externo o interno de lo designado por el término.

Una manera de evitar el absurdo mencionado pasa por considerar que  hay muchas circunstancias en las que se podría decir que somos incapaces de distinguir entre un par de propiedades (e.g., entre P1 y P2), sin que ello entrañe claramente que el contenido del concepto que ambas propiedades perecen instanciar está constituido por una disyunción de esas propiedades (e.g., P1 o P2). Por ejemplo, ser un zorro urbano y estar a cierta distancia del centro de la galaxia son dos propiedades que le puedo atribuir al responsable de destruir las flores del jardín durante la noche. Si la instanciación del concepto ZORRO que utilizo cuando diseño un plan para acabar con tal amenaza nocturna está determinada, o bien por una de esas propiedades, o bien por ambas, es algo que no podría distinguir. ¿Debiéramos inferir que mi incapacidad de distinguir aquello justifica la conclusión de que ambas propiedades están involucradas en la determinación del contenido de ZORRO? Creo que una respuesta positiva a esta pregunta sería más problemática que una negativa, y que la inferencia absurda del párrafo anterior es un ejemplo de eso. Es un error derivar conclusiones metafísicas acerca de la semanticidad de los conceptos a partir de premisas epistémicas, y eso es lo que ocurre cuando se plantea que el contenido de un concepto depende de nuestra capacidad cognitiva para distinguirlo.

Finalmente, es interesante notar cuál es la motivación que subyace a la afirmación de que Os y GOs son incapaces de distinguir entre un concepto AGUA cuyo contenido es únicamente instanciado por H2O (o, mutatis mutandis, únicamente instanciado por XYZ), y un concepto AGUA cuyo contenido es instanciado por la propiedad disyuntiva H2O o XYZ. Lo que motiva esa afirmación es el supuesto de que Os actuaría con respecto a H2O de la misma manera que GOs actuaría con respecto a XYZ. Pero la razón por la cual ellos actuarían de igual manera con respecto a dos propiedades distintas no depende claramente del rol que dichas propiedades puedan tener en la determinación del contenido del concepto AGUA que Os y GOs utilizan en T y TG, respectivamente. Dado los constreñimientos del escenario propuesto, Os y GOs también comparten todas los estados intencionales que poseen con respecto el contenido de AGUA. De manera que es perfectamente posible que sus conceptos de AGUA tengan contenidos distintos y que, al mismo tiempo, actúen de igual manera con respecto a las propiedades que tales conceptos designan. Para esto último basta que Os crea acerca de H2O exactamente lo mismo que GOs cree acerca de XYZ, condición que es satisfecha por el hecho de que todo lo que no es H2O en T es exactamente igual a todo lo que no es XYZ en TG, molécula a molécula.



Lecturas sugeridas:

Fodor, J. A. 1990. A Theory of Content, I & II. In J. A. Fodor, A Theory of Content and Other Essays. Cambridge: MIT Press.

Putnam, H. 1975. The meaning of meaning. In Language, Mind, and Knowledge, ed. K. Gunderson, 131 – 193. Minneapolis: University of Minnesota Press.

April 11, 2016

MBR and the challenge of cognitive complementarity






Según la teoría eco-cognitiva de Razonamiento Basado en Modelos (RBM), la manipulación de modelos científicos en tanto artefactos externos debe ser analizada como un componente constitutivo de nuestros procesos cognitivos de carácter inferencial. Asumiendo, hasta cierto punto1, los planteamientos de la ‘cognición distribuida’, el argumento que sustenta la afirmación anterior tiene cuatro premisas centrales. Primero, la historia de la ciencia muestra que la manipulación de modelos tiene un rol ubicuo en las prácticas que habrían derivado en los descubrimientos más importantes, y de los que se tiene mejor registro. Segundo, si dicha manipulación no fuera parte constitutiva de los procesos causales involucrados en las inferencias (principalmente los de carácter abductivo) que derivan en descubrimientos, entonces una lógica proposicional tradicional podría dar cuenta de la transición que los científicos, en tanto locus de una agencia cognitiva individualista, realizan desde premisas conocidas a conclusiones que resultan en una ampliación del conocimiento objetivo acerca de la realidad. Tercero, aún cuando una lógica proposicional tradicional es capaz de dar cuenta de procesos cognitivos inferenciales de carácter individualistas, no es capaz de dar cuenta de procesos abductivos científicamente exitosos. Cuarto, si el aparato descriptivo de una lógica proposicional individualista es insuficiente para dar cuenta de una lógica del descubrimiento, entonces se requiere un aparato descriptivo complementario y la mejor opción disponible es la que proporcionan aquellas visiones acerca de una agencia cognitiva anti-individualista concebida como sistema constituido tanto por elementos mentales (e.g. inferencias implementadas sobre el sustrato físico del cerebro) como extra-mentales (e.g. manipulación de artefactos). De estas cuatro premisas, se desprendería la conclusión de que la manipulación de modelos artefactuales es probablemente constitutiva de los procesos causales involucrados en inferencias de carácter abductivo.2

Una de las formas en que un argumento puede fracasar es cuando dicho argumento es francamente inválido. Otra forma es cuando al menos una de sus premisas es falsa. Intentaré mostrar que el argumento anterior falla por ambas razones.

En primer lugar, la teoría de RBM parece asumir que habría algo especial en los modelos en tanto artefactos que justificaría su rol en un tipo de razonamiento que requiere tales modelos para resolver alguna tarea cognitiva específica (e.g. en la investigación científica que puede resultar en algún descubrimiento). Sin embargo, lo razonable es pensar que quienes hacen investigación en RMB se enfocan en dichos artefactos simplemente porque la investigación se limita a dar cuenta de un determinado tipo de razonamiento en el ámbito científico, y que, por lo tanto, la noción de modelo se puede extender a cualquier tipo de artefactos que cumplan el rol que en ese ámbito se les adscribe a los modelos. Esto sugiere dos cosas: primero, la idea de que, prácticamente, cualquier artefacto puede cumplir dicho rol, siempre y cuando los procesos abductivos que se pretenden explicar sólo difieren en sofisticación cuando se contrasta, por ejemplo, a los científicos con cualquier otro grupo de personas; segundo, y derivado de lo anterior, la idea de que, prácticamente, a cualquier objeto se le puede atribuir el rol artefactual constitutivo de la cognición que los investigadores en RBM atribuyen a los modelos en la explicación de inferencias adbudctivas. En este sentido, la investigación de RBM se pueden concebir como tributaria de la investigación cerca de la cognición distribuida, ya que el interés en los modelos sólo refleja un interés particular en el tipo de distribución (o extensión) cognitiva que tiene lugar cuando acaecen ciertos instancias de descubrimiento, típicamente, los más sorprendentes o interesantes. Por supuesto, alguien podría decir que el estatus de procesos de descubrimiento “sorprendentes o interesantes” es relativo al interés de los investigadores, pero ese es un punto que no influye en el presente comentario. Lo que quiero considerar, en cambio, es, por un lado, la posible trivialización explicativa del rol de los artefactos en procesos cognitivos y, por otro, las razones que supuestamente apoyan la proposición de que un RBM es consistente con la idea de una agencia cognitiva distribuida.

Si la manipulación de artefactos es un argumento a favor de la extensión cognitiva,3 entonces dicha manipulación es concebida como cognitivamente constitutiva según una concepción de la cognición fundamentalmente diferente a la concepción tradicional individualista. La extensión cognitiva se funda en la idea de aquello que normalmente concebimos como cognitivo es más bien como lo manipulativo, y no al revés. Dicho de otra manera, la extensión cognitiva (especialmente en sus versiones más radicales) representa una visión de la cognición que rechaza la idea que las inferencias realizadas por un agente cognitivo son expresables proposicionalmente, por cuanto dicha caracterización proposicional suele ir acompañada de un supuesto preliminar acerca de la naturaleza representacional, funcional y simbólica, de procesos cognitivos internos que la hipótesis de la extensión cognitiva rechaza. El desafío teórico de la extensión cognitiva no es incorporar la concepción tradicional de representación en sus descripciones4 sino presentar una conceptualización alternativa de la noción de procesos representacionales internos, típicamente funcionales y simbólicos. Sin embargo, el RBM va más allá de lo que plantea la cognición extendida y asume que las inferencias internas pueden ser, al mismo tiempo, descritas proposicionalmente y compatibles con la manipulación de objetos que la cognición distribuida asume como literalmente cognitiva por derecho propio. En este sentido, no es de extrañar que haya defensores del RBM quienes asumen que las discusiones sobre el locus intra- o extra-craneal de lacognición llevada a cabo entre individualistas y anti-individualistas es una discusión estéril e irrelevante.

En términos generales, el argumento original es inválido porque el supuesto implícito de que los procesos inferenciales tradicionales de corte individualista y los procesos de manipulación cognitiva de corte externalista son complementarios5 es injustificado. Si los amigos del RBM quisieran plantear un caso más persuasivo con respecto al argumento a favor del RBM, entonces deberían proporcionar una justificación para dicha premisa. Dicha justificación no sólo debe ser compatible con la evidencia empírica, sino que también con una re-conceptualización adecuada de la noción de cognición que haga explícita la complementariedad en cuestión.

De manera más particular, y derivado de lo anterior, el argumento consta de al menos una premisa que claramente no es verdadera. Consideremos la segunda premisa. Esta premisa plantea que los procesos de manipulación de modelos artefactuales adquieren su justificación como procesos cognitivos a partir la impotencia descriptiva de una lógica proposicional tradicional con respecto a procesos cognitivos internos. Dicho de otra manera, la premisa establece que, porque dicho aparato descriptivo no puede dar cuenta de ciertos procesos cognitivos internos subyacentes a nuestro razonamiento abductivo, sería justificado inferir que los procesos cognitivos relevantes no son exclusivamente de carácter interno. Sin embargo, por las razones esgrimidas en el párrafo anterior, dicha inferencia es inválida, aún cuando se acepte una dramática limitación del aparato descriptivo tradicional. Para mostrar este último punto, podemos asumir que el problema de la complementariedad no es tal y que, por lo tanto, la manipulación de modelos cumple el rol abductivo que el enfoque eco-cognitivo del RBM supone. Según este último rol, la actividad manipulativa relacionada con la utilización de modelos en ciencia permitiría seleccionar cierta información extra-mental de otra manera inaccesible por parte de nuestros procesos cognitivos internos.

La idea de que esta manipulación extra-mental puede proporcionar cierta información crucial en procesos de descubrimientos científicos descansa, como se dijo, en un razonamiento contrafactual. Si ciertos procesos de manipulación artefactual fueran irrelevantes para la realización de determinadas inferencias abductivas, entonces dichos procesos de descubrimientos no podrían ser explicados. Nótese que lo que aquí está en cuestión es un tipo de explicación de los procesos descubrimientos, no la existencia de los mismos, distinción que permite vislumbrar una confusión detrás del razonamiento contrafactual señalado. Dicha confusión se puede hacer explícita de la siguiente manera.

Si alguien asume que los procesos cognitivos se limitan a las inferencias internas que permiten transitar de premisas conocidas a otras desconocidas, entonces también tendría que aceptar que, aunque la manipulación extra-mental de modelos proporciona información relevante para dichos procesos, tal manipulación es contingente y distinguible de los procesos cognitivos que derivan en la expansión del conocimiento acerca del mundo. En cambio, una conclusión a favor de la extensión cognitiva no se sigue claramente si uno no acepta el carácter inferencial interno de la cognición. La razón es que, en el primer caso, lo que adicionalmente se está asumiendo es que los procesos mentales se realizan sobre estados mentales representacionales que son manipulables independiente o “desacopladamente” de su contenido (o bien, independientemente de la relación entre los organismos que poseen dichos estados y los aspectos del mundo a los los estados que hacen referencia). En el segundo caso, lo que se asume es que, dado que la explicación internalista es insuficiente para una lógica del descubrimiento, entonces la alternativa explicativa debe considerar que la relación entre los organismos y su ambiente es parte de la cognición. 

Sin embargo, esta última inferencia pasa por alto el rol “desacoplador” de los estados representacionales, confundiéndose con ello una reformulación de la explicación cognitiva con una reformulación de la relación metafísica entre los organismos y su ecología. Esto permite ver el problema de la complementariedad aludida anteriormente en términos de la incompatibilidad entre dos visiones metafísicas de la cognición: por un lado, una visión de carácter racionalista y mentalista que acepta el supuesto representacional de la cognición y, por otros, una versión conductista que acepta el supuesto de que la conducta está constituida exclusivamente por la manera en que un organismo como el nuestro ineractúa "acopladamente" con su ambiente. Mientras que la primera visión es compatible con una concepción de la percepción en tanto “logro inferencial”, la primera es consistente con la idea Gibsoneana  de una 'percepción directa'. Tal como ambas concepciones de la percepción son incompatibles entre sí, así también lo son las visiones metafísicas de la cognición anteriormente señaladas, ya que ceptar la extensión cognitiva de inspiración anti-mentalista implica renunciar a la noción de estados mentales representacionales--cosa que los amigos del RBM no se demoran en conceder. Sin embargo, el costo de esta concesión es quedarse con una concepción oscura de procesos inferenciales, como también parece ocurrir en el caso la tradición eliminativista con respecto a los estados representacionales de la Neurociencia Cognitiva. La investigación en neurociencia suele ser fuente de evidencia para sustentar hipótesis en contra de una psicología intencional comprometida con un cognitivismo clásico. Ciertaemnte, los partidarios de la cognición “extra-craneal” (incliyendo a quienes defienden un RBM externalista) también recurren a esa evidencia, pero no para sustentar un proyecto mentalista alternativo, si no un proyecto oscuramente compatibilista con respecto a la tradición “intra-craneal” de la cognición—sin limitar esta última al paradigma representacional/simbólico clásico. Si esto es correcto, el problema de la complementariedad cognitiva (partiendo por la ambigüedad del uso de ese término) es un desafío importante de la investigación en RBM externalista.


Notas:
1 El compromiso que una teoría de RBM tiene con la visión de una cognición extendida es relativo, no solamente porque es difícil identificar un compromiso fuerte en la gran variedad de propuestas relacionadas al RBM, sino porque, en el caso que comento, la externalización cognitiva se considera un mero sustento o apoyo de procesos inferenciales ‘intracraneales’. De manera que el rótulo de “constitutivo” atribuido al RBM puede ser visto como más débil que aquel defendido por los proponentes de la cognición extendida.
2. En palabras de Magnani (2016): "Abductive reasoning is ignorance-preserving accommodation of the problem at hand" (p. 95)
3. En este comentario no hago distincgos entre 'cognición distribuida' y 'cognición extendida'.
4 Hay intentos, aún insatisfactorios, por darle una caracterización alternativa a nuestra noción de representaciones internas, por ejemplo, en términos de los ‘símbolos materiales’ de los lenguajes naturales (e.g. palabras escritas o proferidas), muestra de que la extensión cognitiva es una reacción, y no un proyecto compatibilista, con respecto a la visión clásica de la cognición.
5. Esta complementariedad no es meramente metodológica, sino con respecto a la naturaleza de los procesos cognitivos en cuestión.

Source of illustration: chemistry.about.com/od/sciencefairprojects/

March 03, 2016

On the Extended Mind and eliminativist Neuroscience





Los sabios han postulado diversas hipótesis empíricamente fundadas acerca cómo funciona la mente y cuál es su naturaleza. Este comentario se enfoca principalmente en dos. Una de tantas hipótesis es aquella según la cual nuestras mentes se extienden, literalmente, más allá de los límites de nuestra caja craneal. En este sentido, dada las circunstancias en las que nuestra interacción con los objetos del mundo puede estar “causalmente” vinculada (ej. cuando utilizamos un lápiz o alguna tecnología para anotar un número telefónico, o cuando los dedos de la mano nos facilitan una cálculo aritmético, etc.), los defensores de la Hipótesis de la Mente Extendida (HME) sostienen que es correcto considerar a esos objetos como legítimos constituyentes de nuestras mentes [1]. ¿Qué justifica tal aseveración? La respuesta a esta pregunta es de tipo contrafactual. Si aquellos objetos no estuvieran disponibles para solucionar una tarea determinada, nuestra capacidad cognitiva—juzgada por el éxito que tengamos en realizar la tarea en cuestión— se vería claramente afectada. En consideración a este razonamiento contrafactual, el estatus constitutivo de una mente atribuido a los aspectos del mundo causalmente involucrados de la interacción cerebro-cuerpo-ambiente sería una inferencia a la mejor explicación. Por ejemplo, los amigos de la Mente Extendida suelen aludir al caso extremo en qué una persona que esté incapacitada de almacenar nueva información en nuestra ‘memoria de corto plazo’ (como en el caso de Leonard en la película Memento) para ilustrar el rol crucial que parecen jugar los recursos externos en  el empleo de ciertas estrategias nemotécnicas ad hoc, ya sean que estos recursos actúen como almacenamiento de información, o bien como input para procesos de inferenciales relevantes (lo que hace una diferencia importante que aquí no atenderé).

Otra hipótesis influyente acerca de lo mental, y probablemente más familiar que la anterior, es aquella defendida por la neurociencia eliminativista [2]. Según una interpretación de esta hipótesis, nuestros estados mentales corresponden a estados neuronales y a nada más. El carácter eliminativista de esta hipótesis se manifiesta en un tipo de relación de identidad mente-cerebro. Básicamente, el razonamiento detrás de esta hipótesis es que una descripción correcta del funcionamiento de nuestros cerebros (en tanto motor computacional biológico) haría ontológicamente irrelevante la noción intuitiva que tenemos de mente, según la cual nuestra conducta inteligente está determinada por estados mentales implementados neuronalmente, pero no reducibles a estos últimos.

Una de las diferencias más notorias entre las dos hipótesis descritas tiene que ver con el límite de lo mental. La HME asume que la mente (aquel sistema de ensamblaje oportunista en el que nuestros cerebros actúan como un componente más) se extiende más allá de los límites de nuestro cráneo. La versión de la hipótesis de la neurociencia eliminativista anteriormente aludida asume lo contrario. Por supuesto, la visión de que el ámbito de lo mental se circunscribe a nuestras cabezas (sin “desparramarse” en el mundo) no es solamente defendida por la neurociencia. Sin embargo, Los amigos del desparrame mental suelen argumentar que sus razones para defender la HME representan un desafío para todo tipo de visiones individualistas (i.e. no externalistas respecto al ámbito de la mente). Estrictamente hablando, eso no es así. Para mostrar esto, consideremos uno de estos argumentos anti-individualistas a través de un ejemplo relativamente conocido.

Para los amigos de la HME, no hay diferencia significativa entre el rol que un artefacto (ej. un lápiz) pueda jugar en la realización de una tarea cognitiva particular (ej. recordar una dirección) y la que pueda jugar alguna posible población de neuronas que participe en la misma tarea. Asumiendo el caso particular en que tales elementos son (contingentemente) centrales para esa tarea, el éxito de la tarea estaría igualmente constreñido por cualquiera de ellos. Y, aún cuando haya un sustituto disponible para ellos, la destrucción de cualquiera de estos dos elementos (i.e. el artefacto o la población de neuronas), dado el supuesto rol constitutivo-causal que cumplen, corresponde a la destrucción de alguna parte de la mente. 

Si fuera así, sería razonable preguntarse acerca la justificación del supuesto de que nuestras mentes tienen partes. Y, junto con ellos, plantear otras preguntas derivadas de lo mismo, tales como ¿cuántas partes tiene una mente? O bien, si las mentes realmente tienen partes ¿cómo distinguimos unas de otras? Parece claro que este tipo de preguntas constituye un emplazamiento para ambas hipótesis (la externalista y la otra). Pero también es posible plantear cuestionamientos particulares dirigidos cada una de las hipótesis por separado. Por ejemplo, algún neurocientista eliminativista podría argumentar que los amigos de la HME confieren al cerebro biológico un rol demasiado trivial y, probablemente, susceptible de quedar obsoleto en alguna correcta descripción del fenómeno de la cognición animal. Por su parte, un defensor de la HME podría exigir que los defensores de alguna visión individualista clarifiquen algún principio que permita distinguir el carácter no artefactual de alguna parte del cerebro, especialmente considerando la proliferación de tecnologías de carácter penetrativo a las que algunos anti-individualistas suelen atribuir el estatus de “prótesis mentales”. [3]

Ambos tipos de emplazamientos son atingentes en el contexto de las hipótesis empíricas respectivas. Sin embargo, hay hipótesis acerca de la mente que, aún siendo individualistas, no son ni eliminativistas ni amigas de la HME. En este tercer grupo de hipótesis, según sus defensores [4], el cerebro puede ser sustituido por (virtualmente) cualquier otro arreglo material que permita la implementación física de procesos mentales (ej. procesos funcionales) normalmente implementados en cerebros como los nuestros. Hipótesis alternativas de este último tipo permiten explicitar que el surgimiento de la HME plantea un desafío directo para cierto tipo particular de visiones individualistas, a saber, aquellas que sostienen un estricto reduccionismo mente-cerebro. De hecho, mucho de los cuestionamientos en una y otra dirección anteriormente señalados en este posteo son los mismos que el individualista no eliminativista [5] podría esgrimir conjuntamente en contra de ambas hipótesis.